Historia de amor carnal: por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

Eugenia se había rendido hacía tiempo a su atracción hacia Diego. La verdad es que estaba loca por él. Junto a Diego había vivido sus mejores momentos de pasión, él había descubierto todos sus sentidos, con él había encontrado maneras infinitas de placer. Sin duda, su relación con Diego era su mejor historia de amor. Pero, ¿era realmente una historia de amor?. Eugenia empezaba a creer que era más una historia de pasión.

Amor, carne y pasión

Dicen que eso es un flechazo. Las miradas de Eugenia y Diego se cruzaron una buena noche en un bar de copas. Nada del otro mundo si no fuera porque ambos supieron al instante que sus vidas habían quedado irremediablemente ligadas. Así que mantuvieron sus miradas, fijas el uno al otro y se estudiaron las emociones más ocultas. Pocas palabras hicieron falta para que se largaran corriendo de aquel bar y pasaran lo que quedaba de noche conociéndose más a fondo entre las sábanas.

Así empezó esta historia de amor carnal. Eugenia y Diego se entregaban sin miedos, sin tapujos, sin represión, a los placeres del sexo. Sus cuerpos se buscaban sin poder apenas controlar la urgencia y se amaban de mil maneras pegados piel con piel. No corría el aire entre estos amantes que no soportaban ausencias largas, que no podían vivir sin amarse.

Al principio, Eugenia pensó que aquello era el amor verdadero, que por fin había encontrado a su príncipe azul. Pero en las escasas conversaciones que tenían entre jadeo y jadeo se fue dando cuenta de que tal vez Diego no era el hombre con el que quería compartir su vida, con el que quería formar una familia y gozar de la tranquilidad de un hogar estable. Con Diego quería gozar de otras cosas.

Lo que el sexo une

A Diego, por su parte, le ocurría algo extraño. Se sentía nervioso, inquieto, ansioso durante todo el día, pensando en el momento en que sus bocas se juntaran. Ese beso que llegaba hasta las entrañas con el que se saludaban cuando se encontraban al final del día. No todos los días. Y esos días en los que le faltaba Eugenia, Diego creía morir. La ausencia de Eugenia le producía un síndrome de abstinencia en toda regla, temblando, sudando, muriendo de angustia.

Solo cuando estaba dentro de Eugenia, cuando ella arqueaba la espalda, cerrados los ojos, pero abiertos todos los sentidos, solo entonces, Diego era completamente feliz. Pero, como Eugenia, Diego sabía que su relación no era el tipo de relación que ambos deseaban. No valía la pena engañarse, porque aquello no era amor, era deseo, era explosión, pero no era amor.

La conversación más larga que tuvieron fue para romper. Ambos sabían que debían buscar una pareja de verdad, conscientes de que lo suyo solo podía funcionar dentro del dormitorio. Y lo intentaron de verdad. Eugenia se casó con otro hombre, un hombre encantador y Diego lo hizo con una mujer fantástica. Pero ninguno de los dos lograba ser feliz sin el cuerpo del otro, así que no tuvieron más remedio que volver a buscarse.

 

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