Cuando tu jefe tiene la enfermedad del poder

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

La enfermedad del poder

Es inevitable tener ciertos desencuentros con nuestro jefe a pesar de que ambos queremos lo mismo. Productividad es la palabra más utilizada en todas las empresas, pero los recursos que nos llevan a una mayor productivad son entendidos de forma diferente por jefes y empleados. Y hasta cierto punto es normal sentir la presión del jefe sobre nuestro trabajo, ya que su función es conseguir mayores beneficios y un mayor rendimiento, pero cuando la actitud del jefe empieza a sobrepasar ciertos límites, debemos estar alertas y protegernos de lo que se conoce como enfermedad del poder.

En qué consiste la enfermedad del poder

Un uso inadecuado del poder puede provocar una serie de trastornos en la conducta que repercute negativamente en quien la padece, en su subordinados y, por supuesto, en la empresa. Se trata de comportamientos excesivos que se generan por ansias de más poder, la obsesión por el éxito y un afán de perfeccionismo mal entendido.

En cualquier caso, la enfermedad del poder se manifiesta en situaciones tales como distanciamiento, manteniéndose inaccesible para los trabajadores, desprecio por el trabajo de los demás, que se traduce en discusiones, humillaciones públicas y castigos y, en general, una visión distorsionada del funcionamiento de la empresa.

Podemos imaginar el peligro que supone tener un jefe enfermo de poder tanto para nosotras mismas, influyendo negativamente en nuestra estabilidad laboral y emocional, como para la propia empresa, ya que esta enfermedad también conlleva el endiosamiento de la persona o creerse con más capacidades de las que realmente tiene.

Trabajar con la enfermedad del poder

Aunque hay algunas cosas que podemos hacer para protegernos frente a un mal jefe, la enfermedad del poder es uno de los principales motivos de descontento laboral, de la pérdida de motivación y de muchos casos de depresión. Y es que es muy difícil desenmascarar a un enfermo de poder, alimentado por su propia posición privilegiada.

Tampoco podemos confiar en las medidas que tomen los demás directivos cuando empiecen a notar los estragos que el comportamiento de esa persona está haciendo en la empresa, ya que nos han dejado bien claro que los despidos siempre empiezan desde abajo.

Y nada podemos hacer para que el enfermo de poder tome contacto con la realidad, ya que se trata de un trastorno psicológico en toda regla. Será un profesional el que le haga ver que algo está fallando en su escala de valores y que debe vovler a enfocar su interés y su esfuerzo en la empresa y no en mantener su posición de poder.