Historia de amor con una misma: mejor sola en el amor

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

Fue por una tontería que se dio cuenta. No estaba hecha de pasta de pareja. O tal vez no fue una tontería. Pero el caso es que Silvia decidió un día dejarse de hombres, dejar de buscar a su media naranja y olvidarse de decepciones amorosas. Un día Silvia decidió que era el momento de vivir su mejor historia de amor. Y esa historia de amor iba a ser con ella misma.

El mito de la pareja

Cuando Silvia creía que las cosas se podían hacer mejor, hacía todo lo posible por hacerlo mejor. Esa actitud le funcionaba en el trabajo y también en su desarrollo personal. Y así llevaba varios años siendo más que feliz en su trabajo y sintiéndose cada vez más segura consigo misma. Cada vez mejor. Sin embargo, la capacidad de esfuerzo en la pareja era totalmente contraproducente. Ninguno de los novios que había tenido en los últimos años estaba interesado en mejorar su relación.

Algunos directamente esquivaban cualquier problema de pareja, eludiendo la obligada conversación; otros se encerraban en su papel de víctimas pidiendo perdón por cualquier error cometido pero sin pensar si quiera en la forma de no volver a cometerlo; otros más la engañaban, pero no con otras mujeres, sino que con mentiras la llevaban por caminos que ella no quería recorrer... Claro que Silvia sabía que ninguna relación es perfecta, que los malentendidos y los desencuentros están ahí.

Lo que Silvia no podía entender es que no se hubiera encontrado con ningún hombre que quisiera resolver los malentendidos a tiempo. El último hombre que pasó por su vida era casi perfecto de no ser por una incapacidad manifiesta para afrontar una conversación. Silvia ni siquiera se acuerda de cuál fue el problema concreto. Solo recuerda que hubo un desencuentro, que se sentaron a hablarlo y que, una vez más, no fue un diálogo, sino un monólogo de Silvia. Al otro lado, solo había silencio.

Mejor sola en el amor

A Silvia le resultaba tremendamente ridículo hablar con la pared, así que esa vez no pudo más y desapareció de la vida de aquel hombre. La verdad es que desapareció de la vida de cualquier hombre. Si no había encontrado ningún hombre que la amara con honestidad, con pasión y con coherencia, ya lo haría ella. Ella se amaría a sí misma como ningún hombre era capaz.

Y efectivamente, empezó a trabajar aún más en su desarrollo personal, a cultivar su felicidad con mimo, a elegir a los amigos que la querían de verdad, a alejarse de todas las personas negativas, a acercarse a su familia desde una posición más saludable, a ser más generosa con su tiempo, a dedicarse a hacer actividades que la hicieran sonreír. Así, poco a poco Silvia se sentía cada vez mejor, cada vez más feliz, cada vez más llena. Tenía el amor de mucha gente, tenía el amor de ella misma y, por fin, ya no necesitaba el amor de una pareja.

Y el sexo. Por muy autosuficiente que llegara a ser Silvia había algo que faltaba en su vida llena de amor por ella misma y por los demás. Algo tan prosaico como las relaciones sexuales a veces la hacían dudar de su postura. Poco a poco el sexo dejó de ser un problema para ella. Rápidamente aprendió a satisfacerse a sí misma y llegó a darse más placer de lo que ningún hombre había sido capaz. Solo algunas veces, algunas noches, creía necesitar al otro lado de la cama el olor y el tacto de un cuerpo masculino a quien amar.

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