El anillo de Alba: leyenda mexicana con moraleja sobre la avaricia

Un relato de México que demuestra como la codicia rompe el saco...

Azucena Zarzuela

El anillo de Alba: leyenda mexicana corta con moraleja

El folclore de México es exuberante, sorprendente, onírico, lleno de color... Habla de tradiciones y de costumbres. En él, las leyendas y los mitos forman parte de sus valores, de su verdad como pueblo. Estos relatos engrandecen el imaginario de los mexicanos, quienes, generación tras generación, transmiten a sus descendientes y comparten con todo aquel que esté dispuesto a escuchar. Ponte cómoda que empezamos.

Esta vez toca sacarle brillo a una sortija con una gran esmeralda. Y es que en Diario Femenino te contamos la asombrosa (y aterradora a partes iguales) leyenda mexicana del anillo de Alba en su versión más conocida. Una vez que la leas, entenderás el por qué del peligro que supone la avaricia y la codicia. Jamás dejes que estos valores se acomoden en tu vida o podrías terminar como uno de los protagonistas de esta historia...

Doña Alba y la verdadera historia de su anillo

El relato mexicano sobre el anillo de Alba

Te presentamos a doña Alba, una anciana dama de la aristocracia mexicana amarrada a una gran fortuna. A lo largo de su vida, había ido acumulando cada vez más dinero, pero lo que el destino no quiso darle fue un heredero. Por ello, enferma y viendo cada día más cerca a la señora de la Guadaña, que tarde o temprano vendría a por ella, el miedo y la incertidumbre sobre lo que ocurriría con sus posesiones apenas la dejaban descansar.

Devota por convención y tras realizar sus rezos oportunos, el Jueves Santo se metió en la cama como cualquier otro día. Pero esa noche tendría a la madre de todas las pesadillas: vio cómo iba a morir con sumo detalle. Tiempo le faltó para ir a buscar consuelo junto a su párroco del pueblo: "ay padre, le juró que el propio Satanás ha venido a verme". Como buen cristiano, el clérigo trató de calmar el alma de doña Alba. Pero ésta, estaba cegada por el miedo: "mi muerte está cerca. Lo sé, ya nada se puede hacer". Así fue como la anciana explicó su última voluntad al padre: "cuando yo muera, quiero que mis posesiones y fortuna sea repartida entre los más pobres". "Que así sea", concluyó el cura.

Doña Alba todos los días esperaba a la Muerte para que se la llevara. Su alma ya estaba preparada. Cuando se cumplían dos semanas del fatídico sueño, la campanas de la parroquia empezaron a doblar. Lo que había sido una pesadilla ahora se convertía en un profecía que se cumplía. Sus vecinos le dedicaron sus rezos, pues la anciana había sido una buena mujer que había cuidado siempre de los más necesitados, dando parte de su dinero para construir orfanatos o clínicas que dieran consuelo.

Sin embargo, a su entierro solo asistieron el clérigo confesor y uno de sus servidores, quien en silencio y pensando en la vieja señora protegía con su paraguas al cura de la lluvia. Y es que, hasta el cielo parecía llorarla. Pero siempre hay alguien que no deja descansar en paz ni a los muertos. Y ese alguien, en esta historia, fue uno de los enterradores, quien al meter el cuerpo de doña Alba bajo tierra se había percatado de que ésta portaba una bella sortija de esmeraldas.

Moraleja de esta leyenda mexicana: no te dejes llevar por la codicia

La moraleja en la leyenda mexicana de El anillo de Alba

El mencionado enterrador dejó que llegara la noche, y con la luz de la luna como testigo, volvió a cavar el hoyo para abrir el ataúd de nuestra querida protagonista. La avaricia y la codicia campaban a sus anchas. Pero la suerte no parecía estar de parte del enterrador. Por todos los medios trató de sacarle el anillo a la anciana. Y tras muchos intentos y desesperación y muy pocos escrúpulos optó por cortarle el dedo al cuerpo. El crimen ya estaba cometido.

Todo debía volver a su sitio si no quería que las luces del alba le delataran. Empezó el proceso inverso. Primero cerró el féretro y lo bajó al hoyo. Y cuando se disponía a cubrirlo de nuevo de tierra la justicia divina se presentó en la figura de doña Alba. Cual espectro apuntó al enterrador con su dedo índice, aquel que tan sólo hacía unas horas le había sido amputado. El hombre cayó fulminado y murió en el acto. El miedo pero, sobre todo, la maldad, le habían matado. Y es que, a los muertos hay que dejarles en paz y sólo llevarlos en nuestros corazón con alegría para que cuiden de nosotros.

Como habrás podido comprobar la moraleja que podemos extraer de la escalofriante leyenda mexicana del anillo de Alba es que jamás debemos dejarnos llevar por la avaricia porque, como se suele decir, la avaricia siempre termina rompiendo el saco. Conformarse y valorar lo que uno tiene es la clave para ser verdaderamente feliz

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