La Calle de la Quemada: leyenda mexicana sobre el peligro de los celos

Una historia de México que demuestra las consecuencias de los celos enfermizos

Azucena Zarzuela

La leyenda mexicana de la calle de la quemada

En la mayoría de los mitos y leyendas que nos han legado nuestros antepasados parece que si no hay un buen drama acompañado de una gran tragedia no puede haber una gran historia de amor. Y en México saben mucho de esto, porque el amor también duele.

Hoy puedes pasear tranquilamente por la Calle 5ª de Jesús María de la que fue la capital de la Nueva España. No obstante, te será más fácil encontrarla si preguntas a los vecinos por la Calle de la Quemada, nombre por el que se la conoce en virtud de lo ocurrido en ella a mediados del siglo XVI. Y es que muchas calles, plazas y callejones siguen rindiendo homenaje, en pleno siglo XXI, a sucesos ocurridos en las mismas, que aún siguen vivos en el imaginario cultural y tradicional de los mexicanos. No en vano caminar por las calles del centro histórico es recorrer historias, secretos y leyendas con las que siempre palpita el corazón de Ciudad de México y que pasan de generación en generación.

¿Te animas a descubrir esta nueva leyenda mexicana de la mano de Diario Femenino? Tras leerla te darás cuenta del gran peligro que suponen los celos para una relación sentimental... 

La Calle de la Quemada: el resultado a un amor envenenado de celos

Historia mexicana: el peligro de los celos

Viajamos al siglo XVI de la mano de una bella joven de apenas 20 años llamada Beatriz. Procedente de una España colonial, ésta cruzó el charco acompañada por su padre, Gonzalo Espinosa de Guevara, para aumentar su fortuna y gozar de una buena posición. Belleza y riqueza eran dos ingredientes que no pasaban desapercibidos para que a la joven no le faltaran pretendientes. Pero Beatriz, centrada en su labor de ayudar al más necesitado, no escuchaba los cantos de sirena del amor.

Los caballeros caían rendidos a la nobleza de Beatriz y les costaba retirar la mirada de la armonía de su rostro angelical, así como proclamaban a los cuatro vientos su bondad y caridad. No pocos fueron los corazones rotos. Pero no hay murallas, que a falta de un buen asedio, acaben rendidas y conquistadas. El afortunado fue el italiano Martín de Scúpoli, Marqués de Piamonte, quien no dudo en cortejarla y agasajarla hasta adueñarse del corazón de la joven.

Días de felicidad y paz reinaban. Pero aún quedaba una dura prueba que superar. Con el tiempo, los celos del italiano cada día iban en aumento. Hasta el punto de hacer guardia cada noche bajo el balcón de su amada para que ningún pretendiente pudiera acercase a ella. Los días pasaban y la alegría se convirtió en drama. De las palabras y amenazas se pasó a los hechos. El italiano cada noche dejaba en la calle un reguero de muertos que osaban mirar a su amada. Beatriz asistía atónita a tal atrocidad y su corazón moría poco a poco. Derramar sangre no es amar.

La joven se sentía responsable de tremenda locura, por lo que decidió poner fin a las matanzas. La sangre debía de dejar de derramarse en su nombre. Así, una dolorosa decisión ya estaba tomada. Decidió hundir su blanco rostro en el brasero lleno de carbón vivo rojo que la acompañaba en sus noches de frío. Su belleza debía finalizar y con ella el amor de su italiano. Con este gesto pretendía Beatriz espantar a su amado. Pero el resultado no fue el esperado.

Una leyenda mexicana marcada para siempre con la tragedia

El Marqués de Piamonte demostró no sólo amarla por la que había sido su extraordinaria hermosura, sino sobre todo por su alma. Incluso, su amor salió reforzado al descubrir la nobleza de la joven al sacrificar su belleza por la vida de los demás. La joven sacrificó su rostro por salvar el alma de su amado, quien aprendió la lección y dejó los celos de lado.

Dicha superación y aprendizaje reconquistó el corazón de Beatriz, quien decidió seguir adelante con los planes de boda. Meses más tarde llegó la esperada ceremonia nupcial donde ella cubrió su rostro dañado y magullado con un velo blanco, que después cambiaría por un eterno velo negro. Finalmente, se impuso el amor, pero la joven Beatriz tuvo que pagar un alto precio que le acompañaría toda su vida.

Hoy en día, hay quienes aseguran que algunas noches, se ve deambular a una mujer totalmente vestida de negro, con un velo oscuro con el que cubre su rostro. Si no se la inoportuna es inofensiva, pero uno debe cuidarse de no acercarse a este fantasma, porque de lo contrario, os mostrará su rostro desfigurado y las pesadillas siempre os acompañarán.

Si alguna lección hemos de aprender de la leyenda mexicana de La Calle de la Quemada es que ninguna mujer debe sufrir los celos de un hombre y que el amor siempre hay que vivirlo en libertad, sin necesidad de sacrificios. Amar es cuidar y dar felicidad al otro, no tormento ni dolor. Los celos siempre acaban por matar al amor.