Historia de amor en la calle: amor en circunstancias adversas

Amor a pie de calle

Laura Sánchez, Filóloga

Miguel no había tenido suerte en su carrera de actor. Todavía. Así que para ganarse la vida optó por actuar como mimo en plena calle, lo que le daba para poder pagarse la habitación en una pensión del centro y poco más. Su economía dependía de la generosidad de la gente y en plena crisis no era el mejor momento para reconocer con unas monedas el trabajo de los artistas. Pero la crisis no era un impedimento para el amor, ni la calle un lugar tan extraño como para que no pudiera surgir una historia de amor.

Amor entre artistas callejeros

Y el amor surgió, aunque Miguel no fue el primero en darse cuenta. Susana tenía su puesto de trabajo justo enfrente del mimo. Ella también era artista, tal y como se podía apreciar en los retratos que hacía en pocos minutos. Su clientela era, por lo general, parejas de enamorados que querían inmortalizar el rostro de su pareja o incluso el de ambos juntos. Era un regalo perfecto a un módico precio.

En los ratos muertos, Susana se quedaba hechizada por la inmovilidad del mimo que tenía enfrente. No podía apartar la mirada de su atuendo dorado y permanecía atenta al más mínimo movimiento. Pero nunca lograba captar el movimiento. Cerrar los párpados un segundo significaba descubrir al mimo en otra posición. Pero ella quería captarle en movimiento.

Miguel no es que no se hubiera fijado en su particular compañera de trabajo, pero no pensó en ella como un posible amor hasta que una tarde, Susana le pidió que vigilara su tenderete porque no se encontraba bien. No tardó mucho en volver, pero a Miguel le dio tiempo suficiente para descubrir infinidad de bocetos en los que aparecía él, todos ellos dibujos que transmitían un movimiento que el resto de la gente no podía apreciar.

Amor a pie de calle

Ese mismo día, al terminar la jornada laboral, Miguel contó el dinero recaudado, hizo mentalmente varias cuentas y decidió que podía permitirse el lujo de invitar a Susana a un café. Y ella aceptó en cuanto recuperó el habla. Tomarse un café con un hombre dorado no ocurría todos los días y además, le sirvió para empezar a descubrir ese Miguel en movimiento que tanto ansiaba.

El movimiento continuó aquella noche entre las sábanas de la modesta habitación. Y las noches siguientes. A pesar del cansancio, a pesar de la incertidumbre, a pesar de los sinsabores, la calle tenía una cara mucho más amable para Susana sabiendo que unas horas más tarde estaría soñando acurrucada en un abrazo de oro. Se inspiraban el uno al otro, se apoyaban y se consolaban cuando perdían la capacidad de soñar. Pero, a pesar de las circunstancias adversas, nunca faltó el amor entre estos dos artistas callejeros.

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