Historia de amor madre e hija: una unión que nunca se puede romper

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

Marisa era una artista callejera cuando conoció a Ricardo, el niño mimado de una familia adinerada. La diferencia social no pareció afectar a esta pareja que vivía su amor prohibido pero intenso. Aunque la historia de amor que aquí contamos no es la de Marisa y Ricardo, que terminó en cuanto pasaron los fuegos artificiales del enamoramiento. La verdadera historia de amor es la que vivió Marisa con su hija.

El amor de una madre contra todos

Cuando Marisa le contó a Ricardo que estaba embarazada a él le faltó tiempo para salir corriendo. La verdad es que Ricardo le propuso una solución para terminar con lo que él consideraba un problema, pero Marisa no estaba dispuesta a aceptar. Marisa tendría a su bebé, con o sin Ricardo. Entonces sí, fue el momento en el que Ricardo desapareció.

Marisa dio a luz a una niña preciosa a la que llamó Emma y empezó a descubrir hasta qué punto se puede llegar a amar a una persona. La felicidad le iluminaba toda su vida aunque en ocasiones temía que su precaria situación económica no le permitiera darle a su niña todo lo necesario. En medio de esa incertidumbre, los padres de Ricardo hicieron su funesta aparición. Primero pidieron conocer a la niña, luego pasaron de visitas ocasionales a muy frecuentes. Y finalmente pidieron la custodia de la niña alegando que Marisa no tenía suficientes recursos para mantener a Emma.

La justicia le dio la razón a los poderos porque no siempre gana David a Goliat. Y Marisa se quedó no solo sin la custodia de su niña, sino con cada vez más dificultades para verla. Llegó un momento en que no ponían a la niña al teléfono y Marisa creyó morir el día que el cartero le devolvió la carta que había escrito a Emma. Rechazada por el destinatario, ponía en el sobre.

Una madre no se rinde nunca

Pero Marisa no se rindió ni cuando se llevaron a la niña de la ciudad. Siguió escribiéndole cartas a Emma, cada día. Cartas que guardaba en una maleta en las que le contaba todo lo que le pasaba durante el día, sus pensamientos, su trabajo, su vida. Quería plasmarlo todo como si su niña estuviera ahí al otro lado del papel. Algún día, Emma leería las cartas. Pero pasaban los meses, pasaban los años y la maleta se llenaba de cartas sin leer.

Emma creció con pocos recuerdos de su madre. Le dijeron que se había marchado sin decir nada, pero ella no lo creyó nunca. Emma sabía que su madre la quería aunque desconocía el motivo por el que no estaban juntas. Su intuición provenía de ese lazo mágico que une a una madre con su hija, un lazo que nadie puede romper por más que se empeñen. Y mientras Marisa guardaba cartas en una maleta, Emma, hacía lo mismo que su madre, escondiéndolas bajo el colchón. Algún día su madre leería las cartas.

Y así fue, Porque el destino de ambas era compartir su vida y todos esos recuerdos que habían dejado por escrito en cartas sin enviar. Cuando Emma cumplió 16 años se fue de viaje de estudios. No desperdició la oportunidad de ir por libre a buscar a su madre llevando en una mochila todas las cartas que había escrito para ella. Paseando entre las calles de su ciudad natal, un impulso la iba dirigiendo hacia el centro, hacia la zona más concurrida donde se daban cita comercios, oficinas, turistas y artistas callejeros. Marisa la reconoció al instante.

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