Convivir con personas desordenadas y sucias: manual para no desesperar

Consejos para los problemas de convivencia con personas desorganizadas y caóticas

Laura Sánchez
Laura Sánchez Especialista en interpretación de sueños

Mientras Marie Kondo gana seguidores con esa magia que atribuye al orden, otras personas no están dispuestas a renunciar a su caos y desorganización. En este asunto hay teorías para todos los gustos y, por eso, algunos cantan las alabanzas de la creatividad que surge del desorden mientras otros se tapan los oídos y todos los sentidos ante semejante caos. Nos preguntamos cómo convivir con personas desordenadas y sucias cuando tú no lo eres. En Diario Femenino te traemos un manual para no desesperar, pero antes tenemos algunos matices.

El desorden es negociable, la suciedad NO

Sacar un libro de la estantería y dejarlo en la mesa, los calcetines tirados de cualquier manera en el armario, la ropa que cuelga de la bici estática reconvertida en perchero, los pijamas en la silla del dormitorio. Cojines descolocados, la manta del sofá arrugada en un rincón, los armarios de la cocina en los que te pierdes hasta encontrar el bote de lentejas o la mesa del comedor que tienes que desalojar de todo tipo de objetos si quieres comer en ella.

Pelos en el lavabo, en la bañera, la tapa del inodoro subida, sospechosas manchas amarillentas también en el inodoro, el fregadero hasta arriba de platos, vasos y demás vajilla, restos de comida por el sofá. El suelo sin barrer, el polvo sin quitar, olores desagradables por toda la casa... Una cosa es el desorden y otra cosa es la suciedad.

Es cierto que hay personas más escrupulosas con la limpieza que otras, pero en cualquier convivencia (ya sea un piso compartido, vivir con la familia o con tu pareja) es necesario un mínimo de higiene. El orden es otro asunto diferente y está sujeto a un margen de negociación mayor que el de la limpieza. Porque igual que tú tienes derecho a ser una persona ordenada, la persona que vive contigo tiene derecho a ser desordenada. ¿Y cómo encontramos el punto medio?

La convivencia con personas desordenadas

Cuando eres una persona ordenada puedes llegar a sufrir mucho en una convivencia con personas desordenadas. ¿Dónde está el límite entre imponer tu forma de hacer las cosas y reclamar tu derecho a un poco de orden y concierto? Es difícil, porque de igual manera que tú te mueves más cómoda y segura dentro de un orden, otras personas necesitan el caos y la desorganización para sentirse mejor.

Como en cualquier problema de convivencia, la primera herramienta que debes utilizar es la comunicación. Puede que todo se resuelva en una charla donde expongas el nivel de estrés que te produce verlo todo tirado por toda la casa. El mal humor y hasta la ira que te entra cuando llegas a casa y no puedes sentarte a comer en la mesa porque antes tienes que quitar los libros y los papeles que la otra persona ha dejado allí.

O puede que una charla solo sea el aperitivo de una cruzada antidesorden en la que tengas que ganar terreno centímetro a centímetro. Ante todo, ten en cuenta la empatía y piensa que no a todas las personas les resulta tan fácil como a ti mantener el orden. Con tu modo empático en todo su esplendor, ha llegado el momento de reclamar tu derecho al orden en esta convivencia.

Cómo convivir con personas desordenadas (sin morir en el intento)

Después de la conversación obligada, la persona desordenada con la que convives tendrá que tener claro que ambos tenéis derecho a estar cómodos en vuestra casa. Que tengáis necesidades diferentes para llegar a esa comodidad no impide un acuerdo. Una buena idea es respetar las diferencias del otro en los espacios propios. ¿A qué nos referimos con esto?

Nos referimos a que si el dormitorio, el estudio o el escritorio de la persona con la que convives está desordenado, tú no tienes por qué recriminarle nada. La batalla no se libra en los espacios propios, sino en los comunes. Así que haz una lista de todo lo que te molesta por orden (nunca mejor dicho) de la intensidad con la que altera tu paz mental.

Así la otra persona puede hacer un esfuerzo extra por mantener el orden en esos lugares en los que tú más sufres. Tal vez se trata del frigorífico, tal vez el aparador de la entrada o tal vez la mesa del salón. Establece prioridades y deja que la otra persona se vaya haciendo una rutina (y lleva tiempo) para mantener ordenado ese lugar.

Cuando ves que las intenciones de la otra persona por mantener el orden son buenas, pero que en realidad le resulta muy difícil porque no tiene costumbre de hacerlo, puedes hacer tú un esfuerzo extra y facilitarle la tarea. Por ejemplo, poniendo pequeñas cajas donde poder poner esas cosas que la otra persona ni se imagina dónde puede ser su lugar natural.

En cualquier caso, no te cargues tú con todo el trabajo de mantener el orden en la casa, porque es tarea de todos los que conviven en la casa. Lo que tal vez sí tengas que hacer es rebajar tus expectativas respecto a lo que consideras una casa ordenada.

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