Historia de amor excesivo: aprendiendo a amar en calma

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

El amor no tiene límites y genera sentimientos desconocidos, intensos, apasionados y, muchas veces obsesivos. La línea que separa a un amor intenso de un amor excesivo, obsesivo y dependiente es tan delgada que sin darnos ni cuenta nos podemos ver envueltas en una historia de amor dependiente. Obsesionada por su amor se descubrió Belén un día y nos contó su historia.

Amar en exceso

Al principio no era tanto amor, sino más bien adoración. Adoraba a Luis, me parecía el hombre más sexy, el más encantador, el más fascinante, el más increíble, el más todo. Y me pareció necesario que él lo supiera. Así que continuamente le estaba besando, acariciando, tocando. Estar en contacto con una parte de su cuerpo se me hacía fundamental. Necesitaba su piel. Todo el tiempo.

Pensé que esa necesidad de estar todo el tiempo a su lado, tocándole, mirándole, era lo normal por ese arrebato del enamoramiento. Pero mi necesidad de Luis iba a más cada día. También pensé que él se sentiría halagado con tantas atenciones, pero no me di cuenta de que mi adoración resultaba excesiva.

Llegó un momento en que no soportaba estar separada de él. Cuando Luis salía a algún sitio sin mí, le manda mensajes. Todo el tiempo. Y no era por celos, era porque tenía la necesidad de sentirme cerca de él. La necesidad de él se fue haciendo cada vez mayor. Hasta yo me daba cuenta de que estaba obsesionada con amarle, con que él lo notara. Tal vez porque no había querido a ningún hombre tanto como a Luis.

Amar en calma

Un día Luis quiso hablar conmigo. No, no quería romper la relación. La verdad es que yo era la mujer de su vida. Eso dijo. Pero se sentía asfixiado. Yo lo sabía, no hacía falta que continuara hablando. Le pregunté si mi amor le resultaba excesivo y me dijo que no, que él también me quería demasiado. Lo que era excesivo era mi demostración de ese amor.

Entonces le pedí que me enseñara a amar con calma. Y él me explicó que para poder querernos para siempre debíamos mantener un toque de independencia. Espacio. Un espacio personal en el que cada uno se fuera desarrollando a su ritmo, enriqueciéndonos por separado para luego compartir esas experiencias diferentes. No se trataba de poner límites al amor, sino a la necesidad.

Y todavía estoy aprendiendo a amar con calma. Pero ahora ya no me angustio cuando Luis se va porque sé que volverá a contarme cómo le ha ido. Porque tiene que volver a compartirlo conmigo. Y todavía me queda un largo camino para dejar a un lado mi obsesión de amar. Un camino que a ratos recorro sola y otros ratos de la mano de Luis.

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