Historia de amor tóxico: la historia de una desaparición

Laura Sánchez
Laura Sánchez Periodista

Natalia se sintió irremediablemente atraída por Hugo en el mismo instante en que se lo presentaron. Tal vez fue una cuestión de feromonas pero, al acercarse a darle dos besos, el aroma que desprendía Hugo se le quedó atrapado en la mente y no podía sacárselo. Era un olor a fuerza, a seducción, a intensidad, a pasión, un olor que ella quería poseer costase lo que costase. Y siguiendo el rastro de un olor fue como Natalia se embarcó en una triste historia de amor.

El amor de los hombres tóxicos

Fue una historia de amor triste, pero no porque no fuera un amor no correspondido, no. Hugo quería a Natalia junto a él, bien cerca de él. Fue triste porque fue la historia de una desaparición, la historia de una Natalia cuya figura se iba emborronando, cuya personalidad se iba desdibujando, mientras el ego de Hugo crecía y crecía más.

Hugo era un hombre tóxico de manual. Pero eso no lo notó ni Natalia ni todas las que de él se enamoraban irremediablemente. Tenía el equilibrio perfecto entre un macarra y un intelectual, esto quiere decir que añadía a sus dosis de chico malo, una estudiada y particular visión del mundo, dando como resultado al hombre perfecto que combina el riesgo y la aventura con la inteligencia y la buena conversación.

La relación empezó como empiezan la mayoría de las relaciones. Empezaron como un rollo pasajero en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a comprometerse. Nada que objetar. Nada que objetar porque ambos eran libres para salir por su cuenta, para tener otros amantes, otros rollos y para hacer su vida cada uno con su gente. Solo quedaban cuando a los dos les apetecía estar juntos y nada más.

El amor tóxico que acaba con el amor

Esa era la teoría, porque la práctica era bien diferente. La práctica era que quedaban cuando y donde Hugo decidía. Y Natalia siempre estaba dispuesta a dejar cualquier cosa que estuviera haciendo para correr al encuentro de ese olor de Hugo al que no podía resistirse. De los encuentros esporádicos pasaron a los encuentros frecuentes y luego a los continuados. Todo según el son que marcaba Hugo que, de vez en cuando, sacaba su lado rebelde y desaparecía durante varios días sin dar señales de vida.

Y Natalia esperaba su aparición en silencio, porque como eran dos personas libres ella no tenía derecho a pedir ninguna explicación. Pero cuando Hugo regresaba, ella siempre estaba disponible, cada vez más borrosa, cada vez más insegura, cada vez más anulada, pendiente de los deseos de aquél hombre que iba y venía, como era su derecho.

Natalia nunca se dio cuenta de que estaba desapareciendo. Si sus amigos tardaron en darse cuenta fue porque Hugo era tóxico, sí, pero también inteligente. Hugo no la maltrataba, no la gritaba, no la menospreciaba abiertamente. Su técnica era más sutil, la fue convenciendo de que le necesitaba, de que no era nada sin él y que además debía estar agradecida a la vida de haber sido la elegida para estar con un hombre así.

Y Natalia no podía darse cuenta porque estaba anulada, porque ya no era Natalia, era la compañera de Hugo, por cuenta ajena. Poco a poco fue desapareciendo del mundo social, del mundo familiar, solo estaba presente en el mundo de Hugo. Un día, con el paso de los años, intuyó que estaba sola. Fue uno de esos días en que Hugo desaparecía. Y por un momento creyó que estaba sola, pero supo que era demasiado tarde para volver.

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