Relatos eróticos: Una ardiente fiesta de Carnaval

¿Quién no ha fantaseado nunca con hacerlo en una fiesta de disfraces?

Tamara Sánchez

Relatos eróticos: Una ardiente fiesta de Carnaval

¿Quién no ha fantaseado nunca con hacerlo en una fiesta de disfraces? Misterio, enigma, intriga, morbo... No hay mejores ingredientes para una noche de sexo ardiente. Este relato erótico se esconde detrás de una máscara de carnaval. ¡Disfrútalo!

El morbo de las máscaras de Carnaval

Carnaval. Esa fiesta que a Carla le gustaba tanto. Un día envuelto de secretos y intriga. Una fecha en la que nadie era realmente lo que decía ser, todo el mundo se enfundaba un disfraz y ocultaba debajo de él su verdadera personalidad. No nos vamos a engañar, a Carla le ponía a mil ese halo de misterio. Ese suspense encendía sus instintos más íntimos. 

Para colmo, este año la fiesta iba a ser más enigmática que nunca. Se iba a celebrar en casa de su amiga Leticia y las reglas iban a estar muy claras: Quien quisiera asistir no tendría que disfrazarse. Este año los invitados debían acudir solamente con una máscara. A nadie podría vérsele la cara. Esa era la única norma. 

¿Os imagináis? Iba a ser todo un juego: Tratar de averiguar quien se escondía debajo de los antifaces resultaba muy morboso para Carla. Lo tenía todo preparado. Se había comprado una máscara veneciana preciosa con plumas moradas y detalles dorados. Con ella cubría todo su rostro dejando vislumbrar únicamente sus carnosos labios y la intensidad de su mirada. Para acompañar a la máscara, había escogido un espectacular vestido negro palabra de honor que dejaba sus sensuales hombros al descubierto. 

Carla estaba dispuesta a triunfar, a brillar, a despertar pasiones. Y quién sabe… Quizá encontraba bajo esas máscaras esa fruta prohibida que estaba deseando morder. 

Una ardiente fiesta de Carnaval 

Relatos eróticos: Una ardiente fiesta de Carnaval

Una hora antes de salir de casa y dirigirse hacia la fiesta, Carla recibió una llamada. Era Leticia: “Vienen mi hermano y sus amigos”. Carla colgó el teléfono muy alterada. ¿Su hermano? ¿Guille? Guille era un chico que siempre la había excitado muchísimo. Más de una vez, en la oscuridad de su habitación por la noche, se había masturbado pensando en él. Guille era alguien prohibido y lo prohibido atraía. Pero esta noche… Esta noche nadie iba a saber quién era quién. Esta noche todo estaba permitido. 

La fiesta dio comienzo. Carla empezó a bailar. Comenzó a mirar, a observar, a imaginar quién se escondía detrás de las caretas. Pronto se fijó en una en concreto. Sus partes bajas comenzaron a palpitar. ¿Sería Guille? ¿Sería uno de sus amigos? El misterio la encendía. Los ojos bajo esa máscara negra la miraban con deseo. Ella se mordía el labio. 

El chico misterioso se acercó lentamente. Carla le devoró de arriba a abajo con la mirada. Él la cogió por la cintura y empezó a moverse al lento ritmo de la música. Carla sentía su cuerpo cerca, también ardía. Sus respiraciones se apresuraban. A cada canción que pasaba sus máscaras se acercaban más y más, sus labios podían casi tocarse. A los cinco segundos se rozaron. Sus bocas empezaron a entrelazar sus lenguas, a jugar con ellas, a lamer cada centímetro. 

Las manos de él comenzaron a bajar hacia las nalgas de ella. Las manos de ella comenzaron a bajar hacia el pene de él. Antes de que pudieran llegar a meterse mano, el chico misterioso se acercó despacio a la oreja de Carla y susurró: “Quiero comerte, acompáñame”. 

Sexo misterioso en Carnaval

El chico misterioso cogió a Carla de la mano y la llevó hacia una habitación. Cerró la puerta y la empujó hacia la cama.  Sacó varios pañuelos de su bolsillo y ató sus manos y sus pies a los extremos. Carla estaba ahora inmóvil, pero no le importaba. Su deseo de ser follada por ese hombre enigmático ardía dentro de su cuerpo. De pronto notó como se colocaba encima de ella y metía sus manos por debajo de su vestido, subiendo hasta sus muslos, agarrando sus braguitas y tirando de ellas hasta arrancárselas. 

Carla estaba totalmente entregada al placer cuando de repente percibió como el hombre misterioso chupaba sus dedos y los acercaba despacio hacia su clítoris. Comenzó a tocarlo moviendo los dedos con destreza. La sensación era de éxtasis total. Y no se iba a quedar ahí. Carla vio como el chico misterioso empezaba a desabrocharse el pantalón  al mismo tiempo que acercaba su cara hacia sus muslos. Con la lengua empezó a chuparlos lentamente hasta llegar hasta su vulva. Entonces aceleró. Cuando Carla estaba a punto de correrse, él liberó su pene de los calzoncillos y la penetró con fuerza haciendo que Carla llegara al orgasmo en cuestión de minutos.

Entonces, el chico enigmático sacó su miembro de la vagina de Carla y comenzó a masturbarse delante de ella mirándola y deleitándose con sus pequeños espasmos y gemidos. A los pocos segundos su semen cayó sobre las sábanas.  

“¿Y ahora? ¿Me vas a decir quién eres?”, dijo Carla. Ambos se miraron y se quitaron al unísono la careta dejando al descubierto sus identidades. Ella Carla. Él Guille. Finalmente, ambos habían sucumbido al fruto prohibido, aunque sus orgasmos permanecerían para siempre bajo el secreto de sus máscaras. 

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