La bonita leyenda africana de Ayana: el incondicional amor de una madre

La gran enseñanza del relato africano de Ayana

Azucena Zarzuela

Una madre siempre nos acompaña y cuida pase lo que pase, aunque nos separen miles de kilómetros e incluso aunque estemos en distintos mundos. Y es que, el no poder disfrutar del amor de una madre es, indudablemente, la peor de las ausencias. Por algo se dirá aquello de "madre no hay más que una", ¿no crees? 

Precisamente del amor incondicional de una madre y de la pena de la pérdida nos habla la bonita leyenda africana de Ayana, una historia que te hará emocionarte e ilusionarte a partes iguales. ¿Estás preparada para descubrirla? Te advertimos que, una vez que la leas, no podrás dejar de releerla una y otra vez. ¡Vamos a ello! 

La bonita leyenda africana de Ayana y su significado

La leyenda africana de Ayana nos habla de amor incondicional, de ausencia, de mensajes de consuelo… Pero también de dolor y crueldad. Vayamos al principio. Ayana era una niña dulce y delicada a la que la muerte le había arrebatado a su madre. Su joven padre quería que su hija creciera conociendo la figura y el rol de una madre, por ello, volvió a contraer nupcias. Pero la elección no fue acertada. La madrastra, como si saliera de un cuento, era odiosa y envidiosa y su única labor en el día era acosar a la pequeña.

Ayana todos los días visitaba la tumba de su madre, donde no sólo lloraba, sino que también confesaba sus sueños y secretos. Sobre la tierra caliente, la niña podía sentir y casi hasta escuchar las sabios consejos que su mamá le enviaba desde el Más allá. Un día, al acercarse a la sepultura pudo ver que un pequeño árbol crecía cerca de ella. Árbol, que con el tiempo dio deliciosos frutos. El viento, como si fuera un susurro, le animó a comer esos frutos. Cada bocado le unía más al recuerdo de su amada madre y le quitaba un poco la pena y el desconsuelo.

Sin embargo, la madrastra andaba al acecho. Al ver a la pequeña feliz con aquel árbol y sus frutos quiso arrebatárselo. ¿Se puede ser más mala? La respuesta es sí. Seguir leyendo y lo descubriréis.

El importante mensaje de la leyenda africana de Ayana

La madrastra exigió a su esposo que cortara aquel árbol y éste por no tener más problemas y sin saber lo que significaba para su hija, lo hizo. Ayana volvió al desconsuelo. Pero una madre siempre sabe lo que hay que hacer. En esta ocasión hizo acto de presencia sobre su tumba en forma de calabaza, cuyo exquisito néctar volvió a quitar la pena de la pequeña. Madre e hija volvían a estar unidas.

Como ya estaréis imaginando, la madrastra volvía a ser testigo de la escena y, poseída por la ira, pateó la calabaza hasta destrozarla. Allí quedó la pobre calabaza, despedazada sobre la lápida. Y de nuevo, las lágrimas de Ayana al descubrirla. Pero su llanto fue detenido al escuchar el sonido del arroyo cercano. Su madre estaba de nuevo de vuelta. Esta vez convertida en agua cristalina que al beberla la pequeña le devolvía la alegría a la pequeña.

¿Lo adivináis? Exacto, no hay dos sin tres. La madrastra siguió a Ayana para descubrir el origen de su nueva dicha. Al ver que el protagonista ahora era el arroyo no dudó en cubrirlo con arena. La tristeza volvía a cubrir el rostro de la niña. Y así fue como Ayana decidió alejarse de la tumba de su madre para no sufrir más dolor y decepciones.

Pasaron los años y la niña se hizo mujer. Fue entonces cuando se enamoró de un joven cazador, quien también le correspondía. Ambos querían casarse, pero la madrastra una vez más se interponía. Para impedir la boda y con la excusa de saber si era digno de su hijastra, propuso que solo cedería la mano de la joven si el cazador superaba una prueba: dar caza y muerte a doce búfalos. Los mismos que agasajarían a los invitados al enlace. La misión parecía imposible, pues hasta la fecha, lo más que había conseguido nuestro enamorado era cazar un búfalo por semana.

La felicidad de Ayana volvía a estar en juego, pero esta vez era más mayor y no se dejaría vencer. Nuestra protagonista, durante toda su adolescencia había llevado a su madre secretamente en su corazón y sabía que ésta aún podía ayudarla en su felicidad como tantas veces antes lo había intentado. Los enamorados decidieron crear un arco y unas flechas de la madera del tocón cercano a la tumba de la madre. El arma desprendía calor y vida. No podía fallar. Y así fue, el día de la prueba, ante el asombro y rabia de la madrastra, el joven dio caza a doce búfalos que se sirvieron en la boda.

Ayana al fin fue libre y pudo abandonar el hogar en el que había vivido bajo la crueldad. Era el turno de pasar página, de sentirse amada y de vivir el recuerdo de su madre y sentirlo en libertad.