Colon irritable: causas, síntomas y tratamiento

Marta Valle

El síndrome del intestino irritable, conocido vulgarmente como el colon irritable, es un cuadro patológico que tiende a ser crónico y que, a su vez, está fundamentado en la existencia de sintomatología como dolores en la zona del estómago o modificaciones sustanciales en el ritmo de los intestinos. Estos síntomas pueden venir acompañados o no de distensión en el abdomen, sin que haya un proceso infeccioso o una alteración en el metabolismo que lo justifique. Se trata, por tanto, de un trastorno en el aparato digestivo que suele darse con una frecuencia bastante preocupante entre la población femenina.

Causas de la aparición del síndrome del colon irritable

Los síntomas de esta patología suelen ser crónicos o de larga duración, por lo que, aunque desagradable por las molestias causadas, se puede diagnosticar de una forma bastante sencilla. La principal consecuencia negativa de esta enfermedad radica en el dolor en el área abdominal, ya sea en la parte baja o en los lados de la misma, y es posible que pueda extenderse hacia las piernas o, incluso, los lumbares. Además, puede venir acompañada de otras anomalías como el estreñimiento que, a su vez, puede intensificar la dolencia ya que ésta usualmente se calma a través de la evacuación. Los estados psicológicos tales como el estrés pueden empeorar gravemente el proceso de recuperación.

A la hora de evitar el desarrollo de una patología como el colon irritable uno de los factores que desempeñan un rol más importante es la alimentación que llevamos a cabo diariamente. Hay productos que suelen agravar los síntomas, tales como los lácteos, los vegetales de hoja, las ciruelas, los cítricos (en exceso) o las legumbres. Por otro lado, existen verduras que disponen un rico aporte en fibra y que pueden potenciar la recuperación de la dolencia.

En cuanto al tratamiento a llevar a cabo, aparte del cuidado de la dieta, resulta recomendable evitar sustancias que puedan resultar tóxicas tales como las bebidas con cafeína, el tabaco o el alcohol. El médico puede prescribirnos fármacos, siempre que la intensidad de la enfermedad lo justifique, como inhibidores de espasmos, antidiarreicos, laxantes, antidepresivos, ansiolíticos o estimulantes de la motilidad.