Callejón del muerto: la leyenda mexicana de una conciencia intranquila

Un relato de México apasionante y con una importantísima moraleja

Azucena Zarzuela

Hay muchos tipos de justicia. Está desde la terrenal, creada por los hombre e impartida por los poderes judiciales con más o menos aciertos en sus sentencias; hasta la divina, que se convierte en un pesar que atormenta nuestra alma y nos acompaña día a día por nuestras malas acciones. Y es que, lo mejor es tener la conciencia tranquila. Bastante es ya lidiar con las pruebas y piedras que nos pone la vida en el camino como para que nosotras mismas convirtamos la alegría de vivir en un pesar y acabar teniendo cuentas pendientes con los demás.

De esto trata nuestra leyenda mexicana de hoy: 'El callejón del muerto'. Allá cuando se estrenaba el siglo XVII en México comenzó a verse en la calle de Alzures (hoy llamada República Dominica en pleno centro de la ciudad) a un espectro fantasmal. Su deambular fue descrito por los lugareños como los andares de un muerto, que para colmo de males se hacía adornar con una tela blanca. Quienes aseguran haberle visto le describían con tez pálida, pelo negro y largo y barba muy greñosa. Pero el miedo nacía de su mirada: un brillo intenso parecía traspasar las almas. ¿Qué se escondía detrás de tan siniestra figura? Atentas, en breve, conoceremos la identidad de nuestro fantasma. Pero antes, empecemos por el principio.

La historia de Tristán Alzures y el fantasma de su padre

En una bella casa ubicada en un estrecho callejón vivía por aquel entonces Tristán Alzures, un joven que había heredado renombre, fama y dinero gracias al buen hacer de su padre. Y es que nuestro protagonista no era otro que el primogénito de don Tristán, quien había llegado al Nuevo Mundo para probar suerte como mercader. Y la suerte le sonrió. No solo hizo fortuna, si no que fue una de las figuras más respetadas de la ciudad dejando a su muerte un legado de ejemplo, de buen cristiano, ya que, en vida, siempre se desvivía por los demás, ayudando al más necesitado. Tan grande fue su corazón, que apenas llevaba unas horas enterrado y el barrio ya le estaba homenajeando poniendo el nombre Alzures al callejón donde había vivido.

Su hijo, Tristán, también tenía fama de buen muchacho. Se hizo cargo del negocio de su padre con maestría y profesionalidad. Era poco dado a la vida licenciosa. Sí le gustaba vivir aventuras, pero desde el sofá y con un buen libro entre las manos. Todo parecía que marchaba bien, pero ya se sabe, si uno no tiene problemas acaba por buscárselos. Así fue como el joven no paraba de darle vueltas al fantasma que se aparecía en su estrecha calle y que acabó por empezar a ser conocido como el callejón del muerto entre los vecinos por las visitas nocturnas que este hacía.

La leyenda que explica lo que verdaderamente ocurrió en el Callejón del Muerto (México)

Decidido y valiente, Tristán cerró pronto la tienda. Quería enfrentarse y descubrir quién se escondía detrás de ese espectro. Tras echar no pocos rezos en los que imploraba protección a Dios y colgarse todo tipo de abalorios (entre reliquias y escapularios) en torno a su cuello para alejar al Maligno, salió de su casa portando una daga dispuesto a echar al muerto de su callejón.

Pero la valentía le abandonó cuando el joven se encontró envuelto en la oscuridad de la noche y acompañado por las tinieblas. Su cuerpo se echó a temblar. Su voz convertida en un susurro apenas era entendible por el tartamudeo del miedo. La daga parecía quemarle en la mano y sólo acertó a pedir auxilio a Dios cuando vio ante sí la imagen del espectro.

Fue el fantasma el primero en tomar la palabra. Lamentó que el joven hubiera ido a buscar penas, pero al ver que era la mano y voluntad de Dios quienes le guiaban decidió explicarse ante este: "aunque con llanto, te pido que escuches con respeto porque regreso noche tras noche a la tierra sin hallar descanso por mis culpas". Así arrancó la confesión en la que Tristán descubrió que el fantasma, antes hombre, había llegado a la sepultura con las manos manchadas de sangre, callando el delito y pesando sobre su conciencia un gran pecado.

No había espacio para la duda. Tristán debía ayudar al espectro para que pudiera encontrar su descanso espiritual. Muy atento escuchó el encargo. Debía volver a su casa y, a cuatro pasos de su cama, desenterrar una pequeña caja que debía llevar sin demora al Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza. "Este sabría que debería hacerse", fueron las últimas palabras del fantasma. Nuestro joven protagonista tenía ahora entre manos una importante misión. Las órdenes debía ser cumplidas, ya que estaba en juego el descanso eterno de un alma.

Moraleja: la importancia de tener la conciencia tranquila

Como había ya sido anunciado el cofre llegó a manos del Arzobispo, quien al abrirlo halló un mensaje: "quien encuentre este mensaje, si no es una persona santa o consagrada deje de leerla, y si fuese sacerdote siga leyendo".  ¿Qué misterio ocultaba que sólo los elegidos por Dios podían escucharlo y entenderlo? La misiva continuaba:"pida al Hijo de Dios que me perdone la culpa, ya que fui cobarde en vida y no me atreví a revelar mi pecado para ponerme a disposición de la justicia de los hombres".

"Soy don Tristán Lope de Alzures", con esta frase escrita el Arzobispo no podía dar crédito a lo que sus ojos leían. El texto continuaba excusándose que en vida había sido respetado como religioso y honrado por su barrio, pero que su mano había conocido la sangre y había matado, nada más y nada menos, con premeditación, al que fue su amigo Fernán Gómez, dueño de haciendas y minas de Guanajato. En una de sus visitas, como era su costumbre, el viejo Tristán trató a su invitado rindiéndole todo tipo de honores. Pero el agasajo de su amigo tuvo por respuesta el robo. Fernán Gómez, corrompido por la avaricia, fue capaz de robar mucho oro a su viejo amigo.

Si la mano de Fernán fue guiada por la codicia, la de Tristán fue conducida por la venganza. Y así, cegado por la traición, un puñal acabó clavado en el pecho del que había sido amigo. Tristán cargó con el cuerpo sin vida de Fernán para enterrarlo en una fosa sin que ningún sirviente y, por supuesto, su hijo pudieran sospechar nada. Todas las huellas fueron eliminadas. Todas, menos las de la conciencia.

El Arzobispo decidió ser juez de tal atrocidad. Primero desenterró el cadáver de Fernán Gómez para darle su descanso eterno en un camposanto. Y segundo, decidió sacar el cuerpo de Tristán padre de su tumba y levantar una horca frente a su casa donde colgarle por el vil asesinato que había llevado a cabo. Los vecinos le reconocieron con sorpresa, ya que el cuerpo del que había sido un vecino ejemplar lucía un pendiente con filigrana y esmeraldas, el mismo que se rumoreaba que llevaba el muerto-fantasma del callejón.

Tristán, aún después de muerto, cumplió con la sentencia de la justicia de los hombres y desde entonces halló la paz en su descanso en el más allá. Desde entonces, nunca más visitó el callejón. Las deudas estaban todas pagadas. Y es que ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.

¿Conocías la leyenda mexicana del Callejón del Muerto? ¿Qué te ha parecido? ¿Conoces alguna otra leyenda mexicana? ¡Compártela con nosotras en los comentarios!

Puedes leer más artículos similares a Callejón del muerto: la leyenda mexicana de una conciencia intranquila, en la categoría de Cultura en Diario Femenino.