Leyenda mexicana de la Mulata de Córdoba: discriminación y prejuicios

La historia de una mujer juzgada por su raza y por su sexo durante la Inquisición

Azucena Zarzuela

Que todos somos iguales y merecemos las mismas oportunidades, trato y respeto es algo que las mujeres ya sabemos, aunque hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo parte de nuestra lucha. Y aunque las leyes presumen de no discriminar por raza, género o religión, muchas veces no son más que un papel que no da respuestas contundentes a la sociedad. Aún queda mucho trabajo y mucho camino por andar en temas de igualdad. Pero en honor a la verdad, también hemos de reconocer nuestros logros alcanzados y sentirnos orgullosas de ellos, así como reivindicar y homenajear a las mujeres del pasado y no dejarlas caer en el olvido.

Por ello, en esta ocasión, en Diario Femenino queremos contaros la leyenda mexicana de la Mulata de Córdoba. Su protagonista, Soledad, aunque muy hermosa, era mulata, una mezcla entre indios y negros, ambas razas despreciadas y maltratadas por la sociedad. El escenario de nuestra historia es la ciudad de Córdoba, en Veracruz; y la época, los años de la Inquisición y el Santo Oficio. Mujer, mulata y bruja, tres ingredientes para no pasar desapercibida a las murmuraciones de sus vecinos y ser el blanco perfecto de prejuicios y no pocas injusticias.

¿Quién fue la Mulata de Córdoba? Más allá de una leyenda

Cuenta la leyenda, que unos aseguraban que podía sanar enfermedades incurables. Otros que Soledad sabía hacer conjuros de amor. Los rumores sobre la joven no cesaban. Incluso, muchos eran los que decían que Soledad había hecho un pacto con el Diablo y que por las noches sobrevolaba la ciudad. Sin embargo, pese a que magia, embrujos y encantamientos eran las palabras más asociadas a la mulata, nunca nadie la acusó ante la Inquisición. Y es que, en el fondo sus vecinos la apreciaban porque sabían que desde niña había tenido que aprender de la vida sola. Y, además, disfrutaban de sus dones y beneficios. Pero su suerte estaba a punto de cambiar. Su belleza pronto le traería problemas.

Pese a los rumores y sus extraños poderes, el alcalde de Córdoba, don Martín de Ocaña, entrado ya en años, en la celebración de un oficio de la Iglesia quedó prendado de Soledad, dando por hecho que cuanto se decía de la joven sólo respondía a supersticiones de un pueblo ignorante. Con dulces palabras y con un cuidado cortejo pretendió que la mulata se rindiera a su amor. Pero Cupido no disparó su flecha y Soledad solo pudo entregar su indiferencia.

El alcalde, poco acostumbrado a los desaires y al desprecio de las mujeres, y más si este venía de alguien de tan poco valor como una mulata, sintió su orgullo atacado y dolido. La burla exigía venganza. Y así fue como los rumores se convirtieron en hechos ante las autoridades del Santo Oficio. Don Martín de Ocaña acusó formalmente a Soledad de haberle dado un brebaje para hacerle perder la razón y sucumbir a su belleza. La maquinaria del terror de la Inquisición dio rienda suelta a su macabra labor.

Soledad fue hecha presa y llevada a las mazmorras del castillo de San Juan de Ulúa. Entre los cargos ante los que debía responder estaban: la práctica de la magia negra, burlarse de la verdadera fe, tener trato carnal con el Diablo e invocar a las tinieblas para hacer el mal. La horca parecía estar cerca.

Pese a que muchas personas le debían favores por sus tratamientos de medicina, el miedo a la institución eclesiástica pesaba con fuerza en sus almas. Así fue como las vecinas de Soledad testificaron en su contra. Los rumores y las supersticiones que habían alimentado los oídos del pueblo se maquillaron y disfrazaron ahora de verdad. Incluso, hubo quien, con un exceso de imaginación, quiso añadir nuevas historias improvisadas sobre la joven, que sólo sirvieron para echar más leña a un fuego que ya ardía por sí solo.

La Mulata de Córdoba: condenada a muerte por magia y brujería

La 'falsa' verdad ya estaba sobre la mesa. Los sacerdotes escucharon con atención cada testimonio, quedando horrorizados y escandalizados por cada nuevo relato ya que sus oídos solo estaban acostumbrados a plegarias y cantos eclesiásticos. Miraban a Soledad y solo veían en ella el pecado. Pecado que no podía quedar sin castigo.

Como era de esperar, la joven mulata fue declarada culpable de brujería y condenada a morir en una hoguera de leña verde. La ejecución tendría lugar en la plaza pública donde todos los vecinos estaban invitados. La sentencia vistió al pueblo de fiesta, que esperaba el día para tener algo más de que hablar y con lo que entretenerse.

Mientras, Soledad pasaba las noches encerrada en su celda dibujando un barco en la pared con un pequeño carbón que había hallado en el suelo del calabozo. El resto de presos que la acompañaban, en busca del perdón, dedicaban las horas para rezar y demostrar el arrepentimiento que les diera la libertad, pero su letanía no llegaba a oídos de los jueces.

Lo que la mulata no sabía es que dibujar un barco no sólo era un entretenimiento, sino que acabaría siendo su salvación. Las horas pasaban y el boceto del barco con el que se inició se iba convirtiendo en un dibujo cada vez más realista al que no faltaba detalle, tanto que hasta daba la impresión de que en breve se botaría a surcar el mar. No había carcelero que no apreciara la obra que iba creciendo ante sus ojos día a día.

La salvación de la Mulata de Córdoba

Y la suerte para nuestra protagonista quiso que un día cayera una gran tormenta sobre Córdoba inundando la ciudad. Las calles estaban anegadas de agua y el calabozo del castillo de San Juan de Ulúa tuvo que padecer innumerables goteras. Fue entonces cuando Soledad empezó a sentirse inquieta, su instinto le indicaba que el momento había llegado. Hasta entonces no sabía por qué había dibujado un barco, pero ahora alcanzaba a ver la respuesta.

Despertó al carcelero que la custodiaba para preguntarle que echaba en falta en su barco. Este, somnoliento, dijo que nada como respuesta. A lo que añadió: "a lo sumo lo que le hace falta es andar". Soledad quería tener un testigo de su último encantamiento. "Entonces mira como anda", respondió.

Como por arte de magia, la mulata subió por las escalares de su barco y se fundió con el dibujo de la pared. El carcelero no daba crédito a lo que sus ojos veían. Poco a poco, el agua que las goteras filtraban comenzó a borrar el boceto, pero no antes de que su única tripulante se despidiera de él agitando la mano.

Desde entonces, los vecinos de Córdoba aseguraron haber visto al pequeño barco navegar entre la lluvia y alejarse de esa ciudad que solo supo dar tormento a la joven Soledad. Nunca más se vio a la mulata y por más que la buscaron por todo el castillo jamás la encontraron.

Moraleja: con la famosa leyenda mexicana de la Mulata de Córdoba ponemos de relieve la importancia de respetar al diferente y el valor de la tolerancia, así como aprender que la venganza nunca es una forma de hacer justicia.

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