Historia de amor de verano: Después de la tormenta viene la calma

Tamara Sánchez

Carla acababa de poner fin a su relación con Marcos. No eran novios, realmente ella no sabía ni cómo llamar a lo que tenían. Se atraían mucho y saltaban chispas cada vez que se veían, pero eso no era suficiente. Era una relación tormentosa y muy tóxica. Marcos tenía novia, y aunque siempre le prometía a Carla que la dejaría para comprometerse con ella, la promesa jamás se hacía realidad. Su falso “amor” se componía de verdades a medias, de encuentros sexuales fugaces en lugares donde no pudieran ser vistos y de planes de futuro que nunca llegaban a cumplirse.

Carla estaba muy enganchada de Marcos, pero él no tanto de ella. Era una forma de quererse dañina y autodestructiva. Se mentían a diario: Marcos mentía a Carla y Carla se mentía a sí misma.

Hasta que, como esas cosas que acaban cayendo por su propio peso, la realidad le abofeteó la cara. Se dio cuenta de que jamás ocuparía el lugar que ella deseaba tenr en la vida de Marcos. Siempre tendría que vivir en la sombra de esas relaciones que nunca han existido porque no pueden confesarse. Entonces sacando el poco coraje que le quedaba en su mermada autoestima decidió acabar con su pequeña tortura. Y empezar de nuevo.

Nueva vida

El nuevo inicio de Carla comenzó en Candás, un pequeño pueblecito pesquero de Asturias. Era el lugar perfecto para escapar durante unos días. Un escondite mágico donde desengancharse de la droga de la que ella creía estar enamorada. Aunque nunca llegó a imaginarse que su verdadera historia de amor estaba por llegar.

Era verano y el sol brillaba con fuerza, a pesar de que en el corazón de Carla llovía como nunca. Después de un largo paseo por la playa y un baño para sofocar el asfixiante calor de esa tarde, decidió dirigirse al bar del hotel donde estaba alojada para tomarse una copa. Beber para olvidar y allí... se topó con Sergio. Era el camarero del lugar, un chico joven, aparentemente amable y muy atractivo. Se pidió un gintonic y continuó ensimismada en sus pensamientos. Tras esa copa, vino otra. Era tarde y el bar ya estaba vacío. Solo quedaban él y ella. “A esta invito yo”, dijo Sergio mientras ponía los hielos en el vaso. “Gracias”, contestó Carla. “Una mirada demasiado triste para una chica tan guapa”, volvió a interrumpir Sergio.

Carla no tenía demasiadas ganas de hablar, menos aún de dar explicaciones, pero sin saber exactamente por qué, ese chico le transmitía paz, le hacía sentirse cómoda, como en casa. Entablaron una conversación que se alargó hasta las tres de la mañana. Carla le contó el motivo de su viaje a Asturias, le habló de Marcos, y Sergio le habló de su trabajo, de sus rutinas, de sus aficiones.

La historia se repitió durante los siguientes días. Carla pasaba las mañanas en la playa esperando a que llegara el único momento que la hacía volver a sentirse realmente viva. Sergio la hacía reír con bromas absurdas, la hacía trasladarse a un mundo en el que Marcos no existía.

Tras la lluvia sale el sol

El último día de sus mini vacaciones, Carla fue al bar del hotel como siempre y Sergio no estaba en la barra. Apareció de repente por detrás de ella y le tapó los ojos:  “Hoy la copa nos la tomamos en otro sitio”, dijo. Entonces, la llevó hasta la playa. Allí había preparado un pequeño picnic, con dos velas y unas copas con champán. Carla no podía creérselo, jamás nadie había hecho eso por ella. Rompió a llorar superada por las emociones. Marcos seguía en sus pensamientos, pero ahora era Sergio el que estaba ocupando parte de su corazón

Sergio le secó las lágrimas y en ese mismo momento empezó a llover. Una tormenta de verano y después un beso. La calma. Todo parecía una verdadera metáfora de lo que Carla estaba viviendo. La tormenta de estos años con Marcos y la calma de los labios de Sergio. Su templanza, su manera de mirarla, la noche prosiguió su ritmo. El efecto del alcohol, la embriaguez de la pasión, el desenfrenado sexo a la orilla del mar.

Los dos años siguientes mantuvieron una relación a distancia. Él se escapaba a Madrid a verla cada vez que podía y ella pasaba sus veranos en Asturias. No fue fácil, pero mereció la pena. Carla pidió el traslado en el trabajo y ahora vive en Oviedo, a tan solo 35 km de Candás. Y ha empezado una nueva vida con Sergio. Una vida en la que la tormenta queda atrás. Ahora ya solo puede salir el sol.