Tipos de apego infantil y cómo influyen psicológicamente en tu vida adulta

El apego que te inculcaron tus padres de niño determina tu forma de relacionarte ahora que eres adulto

El apego infantil es el primer vínculo afectivo que desarrollamos las personas con otro ser humano y es, probablemente, el vínculo más importante de nuestra vida. Lo desarrollamos con nuestros padres, sobre todo con la madre, los primeros años de vida (especialmente los primeros meses).

El apego se construye en base a las dinámicas de protección, seguridad y amor entre el bebé y su cuidador principal. Si estas dinámicas cubren las necesidades del niño, el apego que se desarrolla es un apego seguro (sano). Pero cuando estas dinámicas se truncan y aparece poca sensibilidad a las necesidades o emociones del niño o, incluso, conductas de maltrato, el apego que desarrollará el niño será un apego inseguro, que puede ser: evitativo, ansioso y ambivalente o desorganizado

¿Por qué decimos que el apego es el vínculo más importante? Porque determina, en gran medida, cómo nos vincularemos en el futuro, de adultos (con nuestra familia, nuestra pareja, nuestros amigos…). Según los expertos, un apego seguro es una de las mayores garantías para que los niños tengan una infancia sana y una adultez serena.

En Diario Femenino recopilamos los cuatro tipos de apego que pueden desarrollarse durante la infancia y describimos cuáles son sus características principales y  cuál es su influencia a nivel psicológico en tu vida adulta.

Apego seguro

El apego seguro es el más frecuente; según los estudios de la psicóloga estadounidense Mary Dinsmore Ainsworth realizados entre los años 60 y 70, el 65% de los niños desarrollan este tipo de apego.

El apego seguro es el que se configura en dinámicas saludables entre madre (o cuidador principal) e hijo. Aquí el niño tiene las necesidades básicas cubiertas; le demuestran amor, le atienden cuando lo necesita, etc. En estas dinámicas, el cuidador principal es capaz de mostrarse sensible y atento a las necesidades del niño.

Es decir, se desarrolla un vínculo sano entre el niño y sus cuidadores principales, lo que hace que este apego sea saludable y que el niño, de más mayor, pida ayuda cuando lo necesita y exprese libremente sus emociones. El niño con un apego seguro también se siente más libre de explorar el entorno tranquilamente ante la presencia de su cuidador porque sabe que puedee volver a esta figura cuando se sienta amenazado o tenga miedo (la “base segura”).

En general, los niños (y adultos) con un apego seguro tienen una buena autoestima, además de la capacidad para establecer límites con los demás (son asertivos).

Apego evitativo

El apego evitativo, también denominado apego rechazante o inseguro, está presente en el 20% de los niños.

Pero, ¿cómo se forma? Este tipo de apego se desarrolla en situaciones donde los padres se muestran distantes a la hora de cubrir las necesidades emocionales de los niños. Así, no suelen depositarles mucho cariño, a no ser que sus hijos se muestren calmados y sin expresar sus emociones, que entonces sí muestran su cariño.

De esta forma, los padres poco a poco van reforzando esa no-expresividad emocional, haciendo que los niños cada vez muestren menos lo que sienten (porque es su única forma de obtener amor). El niño “aprende” que si está tranquilo y sin expresar mucho recibirá cariño.

Pero ¿qué ocurre? Que el niño no recibe validación de sus emociones; es decir, no le permiten estar triste o llorar. Si lo hace, los padres no responden, lo ignoran o incluso lo rechazan.

Con el tiempo, el niño que un día será adulto acaba por sacrificar la cercanía con los demás para así evitar su rechazo. Se vuelven personas desconfiadas, a las que les da miedo expresar lo que realmente sienten (de ahí el nombre de apego evitativo).

 

Apego ansioso y ambivalente

El apego ansioso y ambivalente, según los estudios de Ainsworth, está presente en el 12% de los niños. La ambivalencia es la expresión de emociones o sentimientos contrapuestos, lo que suele generar angustia. En el caso del apego ambivalente, hablamos de un tipo de apego donde el niño no confía en sus cuidadores y tiene una sensación constante de inseguridad.

Acaba desarrollando estos sentimientos porque sus cuidadores, a lo largo de su cuidado, “a veces han estado y otras veces no”. Es decir, las figuras principales han sido inconsistentes a la hora de proporcionarle seguridad y cuidado. Esto acaba generando estos sentimientos de ambivalencia y ansiedad en el niño.

Por otro lado, cuando la figura principal se va, el niño siente miedo (porque se siente desprotegido) y a la vez, angustia. Aparece también una dificultad para calmarse cuando el cuidador regresa.

Estos niños acaban desarrollando la necesidad de buscar constantemente la aprobación de sus cuidadores. Es por ello que, de forma permanente, “vigilan” que estos no les abandonen. Cuando exploran el entorno lo hacen con tensión y angustia, procurando no alejarse en exceso de su cuidador.

Apego desorganizado 

El apego desorganizado es también un tipo de apego inseguro. A través de él, se configura una relación amenazante entre el bebé y su cuidador. Surge porque los cuidadores principales, que suelen ser los padres, actúan de forma impredecible, incoherente o “caótica” con el niño

El entorno en el que se va configurando este tipo de apego suele ser un entorno hostil y agresivo. En muchos casos, incluso, aparecen malos tratos, ya sean físicos, psicológicos o ambos. Así, el niño va interiorizando que sus padres no están disponibles cuando él los necesita (ni a nivel emocional ni de otro tipo). Es decir, el niño no sabe cuándo sus padres cubrirán sus necesidades básicas, si lo harán o no, etc. Tampoco sabe qué “tiene que hacer” para que sus padres le den amor y cariño. 

Poco a poco, a través de estos comportamientos y dinámicas, el niño va sintiendo un desequilibrio interno, al no entender por qué a veces están por él y otras, no. 

¿Qué ocurre? Que el niño puede llegar a disociarse. ¿En qué sentido? En el sentido de que intentará evadirse de su dura realidad, para no sufrir; pero a la vez, necesita a sus padres para sobrevivir. Así, se forman en él deseos contrapuestos y ambivalentes, que le generan sufrimiento. 

De esta forma, podemos hablar de cuatro características fundamentales en los niños con este tipo de apego:

- Miedo al cuidador: surge porque el niño no entiende cuándo será atendido y cuándo no (ni en función de qué).

- Disociación: el niño necesita a sus padres para sobrevivir, pero su realidad le duele, y por ello intenta disociarse de ella (desconectar).

- Conductas erráticas: son niños que no saben muy bien “cómo” actuar con sus cuidadores.

- Baja autoestima: esta está especialmente dañada cuando los padres han maltratado o abusado de sus hijos.

Como hemos visto, la infancia es una época importante en nuestro desarrollo social y emocional (aunque no tiene por qué ser determinante). Así, aunque las personas podemos cambiar con el tiempo, las experiencias, el aprendizaje y la terapia (entre otros factores), lo cierto es que el apego infantil tiene un gran impacto en nuestra edad adulta.

En función de nuestro apego, nos vinculamos de una forma u otra con los demás, establecemos dinámicas tóxicas o dependientes o no, tenemos buena o mala autoestima, somos capaces de establecer límites (o no), etc.

Por ello, si queremos conocer más nuestro presente y nuestra manera de funcionar, es importante ir un poquito atrás en nuestra historia de vida, para poder tomar consciencia de cómo fue nuestra infancia y de cuál es, probablemente, nuestro apego a día de hoy. Conocerlo nos permitirá conocernos mejor y, sobre todo, cambiarlo si este nos perjudica o interfiere en nuestras relaciones personales.

 

Referencias bibliográficas:

  • Bowlby, J (1998). El apego y la pérdida, v. 2. Biblioteca de psicología profunda 49. El Apego y la pérdida. Paidós.
  • Caballo, V. y Simón, M. A. (2002). Manual de Psicopatología Clínica Infantil y del adolescente. Trastornos generales. Pirámide: Madrid.

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